2ª Etapa: La Madre del Cordero

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Lunes 27 de Enero

Que graciosos los perros ayer cuando venían conmigo, que graciosos cuándo les dio por quedarse junto a mi tienda de campaña, pero que poca gracia me hacen cada vez que me despiertan sus ladridos.

La noche está siendo tensa, no sólo por los perros, también por la lluvia. Mi tienda ya va vieja y eso se nota en que el toldo ya no es tan impermeable además el viento empujo algo de lluvia contra el suelo por lo que se coló algo de agua por debajo. Creo que ya va siendo hora de retirar la tienda o de hacerle algunas mejoras. Resumiendo que no estoy pasando la mejor de las noches. Eso si el saco de dormir sigue funcionando de maravilla porque no hay duda de que esta madrugada la temperatura está por debajo de cero y estoy la mar de a gusto dentro.

 

La claridad y no los ladridos de los perros o la lluvia golpeando el toldo me despierta. Abro el saco me pongo la chaqueta y salgo de la tienda. Hay algo de nieve sobre la hierba y las gotas de agua que esta noche no se colaron por debajo de la tienda están congeladas sobre el toldo.

Es muy difícil montar en bici por culpa del hielo pero pero la nieve está mucho más dura y seca. Es mucho más fácil caminar sobre ella que ayer.

No tengo nada claro cuanto tiempo llevo caminando pero casi sin darme cuenta he llegado al collado de los caminos. La espera, la mala noche ha merecido la pena. Las vistas de los dos valles cubiertos de nieve me pillan por sorpresa al levantar la vista después de empujar la bicicleta un buen rato. Atrás queda el valle de San Pedro que no forma parte de la GR-1 y por delante veo como el arroyo de la Llorada se cuela entre las rocas en su descenso hacía el río Esla.

Por culpa del hielo no pude subir montado en bici pero el descenso es otra historia. Escojo con cuidado el camino tratando de adivinar donde se esconden las piedras y evitando las planchas de hielo. Más fácil lo primero que lo segundo por que sobre las piedras y la hierba la nieve cuaja con más facilidad que sobre la graba húmeda de las rodadas del camino.

Y al fin llego a Lois. Un pueblo peculiar este. Las casas entre las rocas, su iglesia barroca de mármol rosado una casa con techo de paja, y la cátedra de latín. Una escuela a la que hasta no hace mucho la gente de los pueblos de la comarca mandaban a los niños a estudiar para después ir al seminario. Dejo la bici apoyada en la verja de la iglesia y me doy una vuelta por el pueblo con la cámara de fotos aprovechando un claro entre las nubes para hacer fotos.

Hasta el siguiente pueblo, Salamón se baja por una carretera estrecha, bien asfaltada por la que es una delicia rodar después de dos días de pelear con el barro y la nieve. En Salamón la ruta está marcada por un camino que pasa por un collado de 1295, el Collado del Pando, pero para hoy ya tuve mi ración de empujar la bici por lo que sigo por la carretera hasta llegar al río Esla y luego por la nacional llego al siguiente pueblo de la ruta las Salas.

Relleno la botella de agua y me acerco a ver el panel informativo que hay en la plaza del pueblo. De vez en cuando pasa algún coche por la nacional pero el pueblo parece desierto de no ser por alguna que otra chimenea humeante. Mientras tomo un trago de agua empiezo a mascar la idea de dormir en una cama. Tres noches de acampada, y sobretodo una tan dura como la anterior son suficientes. Al final del pueblo se puede ver un hostal que me sube el ánimo pero después de una inspección cercana descubro un cartel de se alquila colgado en una de las ventanas. Continuo siguiendo los indicadores de la ruta consciente de que no puedo seguir así. Hora y media después estaba en el siguiente pueblo, La Remolina.

Un hombre mayor baja sale del pueblo dando un paseo. Viste un abrigo negro  muy grande para su talla,  gorro de lana y una bufanda.

Buenas tardes. –le digo al tiempo que saco un pie del pedal y lo apoyo en el suelo. ¿Hay bar en este pueblo?

¿Eh? –me contesta al tiempo que se saca una mano del bolsillo del abrigo y se la lleva junto a la oreja.

¡Qué si hay bar en este pueblo!

Sólo los fines de semana, la chica que lo lleva vive en León y sólo lo abre cuando viene el fin de semana. –Me dice mientras mira hacia el pueblo. Vuelve a meter la mano en el bolsillo del abrigo y continua su paseo.

Subo hasta la fuente del pueblo que está junto a a la moderna iglesia con termómetro y reloj digitales y empieza a nevar un poco. Cerca de la fuente, acurrucado contra un muro los granos de nieve rebotan contra un cordero recién nacido. Tendrá una o dos semanas porque aún tiene colgando el cordón umbilical reseco ya, y pronto se le caerá. Mientras relleno la botella escucho los balidos de la una oveja llamando a la cría que ni se inmuta. Su instinto es el de quedarse quieto y no hacer ningún movimiento. Pongo la botella en la bici de nuevo y agarro el cordero. Dos o tres balidos de la cría asustada al despegar del suelo fueron suficientes para que el rebaño se pusiese en movimiento y un estruendo de chuecas se empezó a escuchar acercarse por las calles del pueblo. En cuanto pude escuchar las pezuñas de las ovejas rascando en el cemento del camino a la vuelta de la esquina solté el cordero que salió pitando.

Sentado en las escaleras de la iglesia, rodeado de ovejas repaso el mapa, si no puedo cruzar hasta el siguiente pueblo y viene una nevada puede que me espere una noche chunga y no me apetece demasiado así que hasta aquí la aventura de momento. Me habría gustado poder llegar un poco más lejos, pero sería demasiado arriesgado, así que me voy hasta el primer punto de retorno que tenía planeado Cistierna. Desde ahí en Tren hasta Oviedo en tren vía León.

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