13ª Etapa: Cumpleaños

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Llevo ya una temporada de parón en el blog pero no estoy perdido es sólo que estoy tardando un poco más de lo que yo esperaba en ponerme a gusto para escribir lo que queda del viaje. De momento no posteado ni la décima parte del material que acumulé durante los seis meses de viaje y me sorprende ver que tengo dos nuevos suscriptores. Gracias por tener paciencia.

21 de Septiembre del 2010

escanear0230 El calor húmedo de la tarde del día anterior se había convertido en una broma que danzaba titubeante sobre las tranquilas aguas del rio. Ya habían comenzado a cantar los pájaros cuando me incorporé adormecido aun sobre la hamaca y me empecé a desperezar.

Poco o nada había en mis alforjas para desayunar, tenía los sobres de sopa que me había regalado la señora del mecánico en Iwaki pero no me sentía con ganas de encender un fuego para hervir agua y hacerme el desayuno. Así que opté por la opción más arriesgada de ponerme en marcha y comer algo por el camino.

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Me habría gustado continuar por el camino de sobre los diques, pero la fotografía había cambiado. El mar de campos que había a mi espalda y el Océano Pacifico se interponía una sierra en la que el río había excavado un valle…

La típica carretera tranquila, que se había quedado obsoleta me guiaba rio abajo dejando entrever alguna que otra capsula del tiempo en forma de publicidad o algún coche abandonado. Viendo el panorama, desistí pronto de toda esperanza de desayunar algo solido y me conformé con encontrar alguna máquina en la que beber algo. Fue aquí cuando comencé a coleccionar fotos de bebidas raras, y la primera fue una lata caliente llena de un liquido dulce que imitaba el sabor de una tortita americana con sirope.

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Meses mas tarde cuando cruzaba en un ferri el estrecho de kanmon recordé este día como el último en que había pasado mucho calor. El último día en que tuve que buscar la sombra a mediodía y sentarme a secarme el sudor para que no se me colasen en los ojos esas gotas de agua salada.

Los grandes espacios abiertos de los días anteriores se habían convertido en un recuerdo lejano, lo cual no deja de parecerme extraño cuando me di cuenta de que se trataban de recuerdos de antes de ayer. Pero todo era tan diferente allí. A medida que me acercaba a la ciudad el camino se hacía menos bucólico y las continuas interrupciones de los semáforos hacían que el ruido de los coches fuese más insufrible. Intenté alejarme de las carreteras principales y traté de zafarme de los semáforos y el tráfico zigzagueando entre las casas. Pero era inútil. Lo único que conseguía era desorientarme en urbanizaciones desiertas y para recuperar el norte tenía que pararme a escuchar de donde procedía el ruido de los coches.

Pasado el medio día llegué a las afueras de la ciudad, saqué un croquis y busqué por un barrio de calles estrechas y casas bajas el albergue en que cumpliría 29 años.

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Cuatro meses mas tarde mientras andaba en camiseta de nuevo, me di cuenta de que ese día caluroso no sólo fue el último de un verano meteorológico si no que además fue el fin astronómico de la estación. Y mi regalos fueron la luz de la luna reflejada sobre el rio Abukumagawa los tramos de carretera abandonados junto al río y las mariposas.

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