El primer hombre en dar la vuelta al mundo en bici

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Andaba a la búsqueda de literatura sobre viajes en bicicleta para incluir librería virtual en mi tienda y buscando buscando me encontré con el libro que escribió Thomas Stevens a finales del siglo XIX después de dar la vuelta al mundo sobre su velocípedo. Este inmigrante inglés en el oeste de los Estados unidos comenzó a idear su aventura en bicicleta mientras trabajaba en una mina de Colorado. Tiempo después partió desde San Francisco para recorrer el mundo con una bolsa cargada con nada más que calcetines, pantalones, una camisa, un revolver Smith and Wesson del calibre 38 y un poncho que hacía las veces de chubasquero tienda y esterilla para dormir.

El caso es que me parece una aventura tan grande que creo que el libro es inmerecidamente desconocido, (por lo menos en español) así que intentaré publicar un fragmento traducido todas las semanas, a ver si me sirve de inspiración para escribir más a menudo sobre mi viaje del año pasado y de paso difundirlo un poco.

Así que hoy inauguro nueva categoría del blog y empiezo con el prólogo del libro.

En bicicleta por el mundo

Thomas Stevens

PRÓLOGO

En su obra A buen fin no hay mal principio[1] nos dice Shakespeare que “en modo alguno es desdeñable un buen viajero para oír sus relatos al terminar la cena” y debo admitir que jamás se me había revelado esta frase tan acertada como la noche en que, terminado el banquete celebrado en su honor por el Massachusetts Bycicle Club,  tuve la ocasión de escuchar de los labios del propio señor Stevens el improvisado y espontáneo resumen de sus aventuras.  Plagado de tan fantásticas hazañas, me parecía su relato comparable a una novela de Julio Verne, si no al de un Simbad el Marino de nuestros días.

La mayoría de los allí presentes estuvimos de acuerdo en que los avances tecnológicos de la era moderna, lejos de despojar al universo de su encanto, se habían convertido en una herramienta para explorar sus maravillas. Y en lugar de ir de acá para allá, rifle en mano, con el propósito de matar algo – o con un puñado de panfletos bajo el brazo con la intención de convertir a alguien – aquel admirable joven había decidido emprender un viaje alrededor del mundo con la sola aspiración de descubrir a las gentes que lo pueblan y, dado que siempre supo ofrecer a cambio algo tan interesante como lo que recibía, logró abrirse camino en todos los países.

Lo que Thomas Stevens tenía para mostrar al mundo no era solamente la estampa de un hombre encaramado sobre la enorme rueda de una bicicleta, como si viajase dentro de una pompa de jabón, sino que era un ejemplo viviente de lo que Holmes[2] llama “histórico y genuino coraje teutón”. Porque cuando un soldado se adentra en el peligro, tiene a sus camaradas junto a él, tiene una causa que defender, un uniforme que honrar, tiene el sonido de los clarines que corean la victoria,  animándolo a seguir adelante…  Pero Stevens, trotamundos solitario, ni servía ejército ni se debía a patrias, no lo arropaban camaradas ni clarines; se aventuró entre lenguas y hombres desconocidos, costumbres extrañas y creencias hostiles, valiéndose sólo de su tacto y de su propio coraje – que presumiblemente le bastaron y sobraron, pues regresó con vida.

No he leído más que algunos capítulos, reveladores, de esta obra. Suficiente para darme cuenta de que reflejan el mismo franco carisma que fascinó a quienes tuvimos la oportunidad de escucharlo en persona.  Y qué satisfacción experimenta uno al saber que, mientras la paz reine en América, siempre existirá la oportunidad de que un muchacho cualquiera decida un día tomar las riendas de su vida y  termine llevando a cabo proezas no muy distintas de las del errante Ulises. Igual que en el relato de origen alemán Titan, Jean Paul nos habla de un joven resuelto que andaba “en busca de aventuras para su aletargada valentía”, qué agradable sensación produce leer las andanzas de alguien que, en la vida real, ha consagrado su tiempo y esfuerzos a satisfacer humildemente y con tanta integridad tales anhelos.

THOMAS WENTWORTH HIGGINSON

10 de abril de 1887, Cambridge, Massachusetts


[1] En la versión original en inglés All’s Well that Ends Well, en otras versiones en español Bien está lo que bien acaba.

[2] Oliver Wendell Holmes padre, el autor hace aquí referencia a la obra Urania : A Rhymed Lesson

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