12ª Etapa: Las montañas humeantes.

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Lunes 20 de Septiembre del 2010

El penoso ascenso hasta la entrada al parque natural de Ura-bandai se convirtió esta mañana en un agradable paseo hasta las carreteras que atraviesan los campos del llano. Apenas si estaban puestas las calles esa mañana y casi no se me habían despegado las legañas, cuando descubro a una pareja de monos desayunando saltamontes, grillos y polillas en una terraza a la vera del bosque.

Seguí mi camino rápido para no importunar demasiado a los animales y pasé junto a una aldea rodeada de cedros que se despertaba con una melodía que brotaba a borbotones de unos altavoces encaramados en lo alto de los postes de hormigón que se alineaban a lo largo de la carretera que cruzaba el cerco de los árboles.

 

 

Una cuerda desteñida por el sol era lo único que me impedía es acceso al aparcamiento del hotel abandonado. Los peldaños de la escalera que sube hasta la antigua recepción habían sucumbido al peso de la nieve y al hielo y ahora no eran más que un montón de escombros resquebrajados sobre una rampa de hormigón. De las puertas ya quedaban sólo los marcos y en el suelo junto con cascotes basura y polvo el esqueleto de lo que en otro día fueron unas puertas metálicas. El estado del interior del edificio era mucho peor de lo que se adivinaba desde el exterior. Había sido saqueado y banalizado. En el suelo quedaban los restos sin quemar de hogueras y los paneles que aún colgaban del techo estaban ennegrecidos por el humo hollín de haber quemado varios neumáticos. Todo. de manera sistemática había sido reducido a trizas, arrancado y machacado hasta casi no ser reconocible. Las pocas paredes que se habían librado de los mazazos estaban cubiertas de pintadas obscenas y un rebaño de cipotes e insultos parecían subir por las escaleras hacia el piso superior. Los muebles destrozados se acumulaban en un montón a la espera de ser arrojados al fuego durante el próximo aquelarre que se celebre en aquel salón amplio con una preciosa panorámica de las montañas.

Terminé el ascenso sudando y disfrutando de encontrarme con fuerzas, pero a pesar de sentirme bien, fue un alivio llegar al punto más alto al que habría de llegar en casi todo el viaje. Había comenzado a ascender hace tres días y ahora tocaba disfrutar de un tirón de todos esos repechos.

En el aparcamiento de un restaurante abandonado me sequé el sudor, me quité la ropa húmeda y me abrigué para no coger frio durante la bajada. A veces tiene ventajas esto de viajar con medio armario a cuestas.

Eché un vistazo al otro lado y no vi más que un bosque enorme que descendía por la ladera hasta un océano de campos. Desde aquel lugar se podía apreciar la neblina de contaminación que cubría la ciudad de Fukushima

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