11ª Etapa: El jardín herbáceo

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Sábado 18 de Septiembre del 2010.

Alejada del barullo de la nacional, una calle solitaria se escabulle entre los hoteles. En silencio un taxista saca brillo al capó de su coche mientras, en silencio, pasamos a su lado. Hace rato que el sol está tras las montañas, y algo menos que contorsiono mi cuello buscando un lugar adecuado para colgar mi hamaca.

Cyanopica y yo asomamos la nariz entre la maleza que camufla la valla que cierra el pequeño puente sobre el río y comprobamos que hay al otro lado.

Avanzamos por un camino oscuro y estrecho. Sólo se escucha el ruido de mis pies sobre la grava al compás de la rueda libre. A cada paso que doy el camino se vuelve más oscuro. Arrastro a una temblorosa Cyanopica por un oscuro camino que se adentra en las profundidades de un bosque lleno de árboles mal encarados con troncos retorcidos y ramas quebradas, de las que cuelga una maraña de lianas secas y telarañas. Todos los árboles son demasiado gruesos y antipáticos como para aceptarme como inquilino esta noche. Continuamos descolocando el musgo que crece sobre las piedras que pisamos hasta un claro que un árbol gigante despejó al despeñarse.

 

De Parque natural de Urabandai

Domingo 19 de Septiembre del 2010.

Una noche estrellada se encargó de humedecer las hierbas que poco a poco levantan cabeza al tiempo que las perlas de rocío se transforman en una bruma translucida. Montado sobre Cyanopica deshice el camino que hice la tarde del día anterior y como si fuese una película rebobinándose la escena de la tarde anterior se repitió.

Muy despacio, montado sobre la bici entro en un túnel iluminado con unos focos naranjas que hacían danzar la sombra de la bici sobre la pared irregular. Por la otra boca del túnel, dando acelerones, un camión extravagante lleno de luces centelleantes cruza el túnel deleitándose con el ruido de su motor apagando la melodía que silbaba  mientras disfrutaba de la resonancia cavernosa del túnel.

De Parque natural de Urabandai

Me dejo bajar hasta que la carretera se encuentra con el lago Inawashiro. Aprovecho un semáforo en rojo para cruzar hasta la playa y dejo a Cyanopica clavada en la arena. Me siento un rato junto a los restos de una hoguera lavados por la lluvia y hago algunas fotos.

Avanzo despreocupado como siempre por una carretera secundaria que pasea por las huertas. Al fondo, cerca de las montañas, un edificio alto contrasta contra el paisaje, tomo un desvío y me acerco a curiosear. Escucho el murmullo de la gente tras un invernadero y pedaleo estirando el cuello, sacando la cabeza sobre el manillar intrigado por lo que habrá a la vuelta de la esquina. Los ruidos sordos se convirtieron en un grupo de gente pisoteando la tierra del aparcamiento, puertas abriéndose y cerrándose y niños jugando junto a un parterre con pensamientos de colores vivos.

De Estatuas de madera

Nos dirigimos todos hacia la entrada del invernadero como abejas atraídas por la fragancia de las flores. Justo antes de desmontar y asomar la cabeza por la entrada un jardinero con su mandil verde y botas de goma sale hacia mi encuentro mientras se quita los guantes manchados de tierra húmeda y negra.

Atravieso las estanterías llenas de macetas con flores de todas clases y colores, driblando señoras que toquetean todos los tiestos. Al fondo, tras una celosía un grupo de jardineros preparan las mercaderías que luego expondrán en el vivero.


De Estatuas de madera

Por fin me escapo del templo de polietileno por la puerta de atrás y un jardín salvaje me sorprende. Las flores silvestres campan a sus anchas organizando a placer un laberinto de senderos que confluyen en diferentes esculturas hechas de la madera de un sólo tronco que si no me equivoco representan los animales del zodiaco chino. Cabras, monos, dragones, ratones…

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