7ª Etapa: El valle del dragón Ryujin.

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Miércoles 15 de Septiembre del 2010

Pasé la noche bajo el alero del templo de Moriizumi onsen por si acaso llovía otra vez durante la noche. Por la mañana las nubes bajas se quedaban atrapadas en las copas de los cedros centenarios que hay a los lados del templo. Mientras recojo las cosas el viento bate la niebla y los grillos y las cigarras comienzan a cantar a medida que aumenta la temperatura. Con todo el equipaje empaquetado me hecho la bici al hombro y bajo las escaleras. Dejo la cámara grabando en un farol para dejar constancia de que soy yo el que transporta hoy a cyanopica y no al contrario.

Parece que todo el mundo está aún durmiendo cuando llego a la ciudad de Hitachidaigo para ver una trampa de peces que hay en el río Kuji. Junto a unas tiendas de campaña cerca del río un par de pesadores desayunan mientras yo me acerco hasta la trampa para verla de cerca.

 

A apenas 5 Kilómetros de Hitachidaigo están las cataratas de Furkuroda. Uno de los tres saltos de agua más famosos de Japón. Lamentablemente el final del verano no es el mejor momento para visitarlas porque no llevan demasiada agua pero en cualquier caso la vista merece la pena solo por ver el barranco y los árboles colgando de los acantilados. Cuando llego empiezan a abrir las tiendas de recuerdos y ya están las señoras apostadas junto a los aparcamientos privados de los locales para captar a los clientes que llegan en coche. Dejo la bici junto a un estanque con carpas y subo por un camino hasta un túnel que conduce a un mirador excavado en la roca. Desde el túnel se puede pasar por un puente de madera al otro lado y por una escalera de hierro no apta para gente con miedo a las alturas se puede subir a lo alto del acantilado para ver los otro saltos de agua desde arriba. Después de algo más de media hora caminando por pasarelas colgando en acantilado y escaleras interminables llego a la cima del monte Tsukiore (404 m) y bajo por un sendero hasta el yacimiento arqueológico del castillo homónimo. Sigo bajando hasta el puerto de Tsukiore donde un montón de estatuas jizou velan por las almas de los muertos en la batalla que tuvo hace 400 años en este mismo lugar. Termino la ruta por el bosque en el mismo sitio que la empecé y me siento en una tienda a tomarme un Kakigori antes de continuar.

De vuelta a la nacional 461 y tras un repecho brutal llego hasta el puente colgante Ryujin que es el segundo puente colgante peatonal más largo de Japón y que tiene unas vistas impresionantes del valle y del embalse que hay bajo el. Me entretengo un buen rato haciendo fotos de mariposas, y vuelvo a la N-461 en busca de un sitio donde acampar.

Mientras pedaleo por la carretera en medio del bosque en busca de un lugar adecuado para pasar la noche me tropiezo con esta pequeña cascada que según reza el cartel se llama Shimotake. El sol ya se puso tras las montañas y el valle está cada vez más oscuro mientras asciendo con calma. Al dar una curva encuentro un antiguo vado de descarga de troncos abandonado. Me bajo de la bici y la empujo entre la hierva alta. El suelo es muy blando y las ruedas de la bici se hunden en lo que antes era un montón de serrín y ramas y agujas de cedro. Camino unos pasos más y en busca de un par de árboles adecuados para colgar la hamaca y descubro a unos metros en la oscuridad una cabaña.

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Me acerco esquivando las telas de araña que cuelgan de las ramas de los árboles y me asomo por la ventana. Por el aspecto exterior parece que hace años que nadie pasa por allí pero el interior de la cabaña está prácticamente intacto. Hay herramienta de carpintería unas escaleras, tablas, ropa, botas, paraguas, cacharros de cocina. Parece que como si los trabajadores dejasen todo aquello para volver al día siguiente Un poco más allá también hay un bidón de acero oxidado con un horno debajo para hacer las veces de bañera. Aparto la maleza y me agacho a comprovar que los pilotes de madera sobre los que se asienta la cabaña están en buen estado y junto a un tocón que hace las veces de escalón para acceder me pregunto que hacer. Cuelgo la hamaca y me arriesgo a tener que desmontar todo en mitad de la noche para refugiarme en la cabaña en caso de que llueva o intento entrar en la cabaña.

Miro al cielo en busca de respuestas pero tampoco es que los árboles me dejen ver demasiado así que saco la navaja y desatornillo la cerradura para poder entrar. Después de quitar dos tornillos tiro de la puerta que se abre hacia afuera arrastrando las agujas de cedro que hay tiradas en la entrada y un sorprendidísimo ratón de campo sale disparado por entre mis piernas y se pierde entre la maleza.


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