Nikko “descripción general”

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dibujonikko

Sigo con los fragmentos de “El Japón galante y heroico de Enrique Gómez Carrillo”.

Por alamedas de criptomerías gigantescas, llegamos al lugar en donde se encuentran reunidos, en un espacio relativamente pequeño, los tres grandes templos. Desde lejos una pagoda aparece, entre los árboles, con sus cinco techos superpuestos, pintados de azul, y sus muros rojos llenos de filigranas. Este solo monumento bastaría para ilustrar un pueblo. Aquí apenas tiene la importancia de un campanario. A sus pies aparece un friso de monos representando las virtudes. Los hay que se tapan los ojos, la boca y las orejas para simbolizar la discreción; los hay que se inmovilizan en actitudes beatas, para indicar la fe; los hay que se ayudan a subir por rocas escarpadas para patentizar la caridad; y todos esos cuerpos peludos y todos esas caras grotescas tienen una fuerza expresiva tan intensa, que lego quedan grabados para siempre los gestos simiescos en la memoria.

Los proverbios japoneses se inspiran a través de los siglos en las posturas de esos monos. Algunos pasos más lejos, un muro que rodea uno de los santuarios, ostentan la más sorprendente decoración escultural de pájaros y de flores que se mezclan, que se combinan, que forman grupos caprichosos en los cuales las alas atornasoladas de los faisanes y las colas irisadas de los pavos reales hacen resaltar las violencias de tonos de las rosas y de las peonías. Cada flor, cada ave, cada insecto, es una joya artística. Los más ilustres escultores trabajaron años y años en tallar así esta madera, que en seguida pintores famosos, coloraron con paciente realismo.

También los dioses que guardan las puertas en cada templo son obras de un mérito muy grande, que requirieron lustros enteros de trabajo. Éste que escala una roca es Daikoku, el señor de las riquezas. Su cabellera está formada de cuernos entrelazados, y en su risa hay algo de feroz. Sus manos de presa sostienen un saco repleto. El pañuelo que rodea su cuello es un tejido de oro y de pedrerías. En otro nicho, dentro de una jaula de laca, un demonio gesticula y baila, y abre los ojos tan grandes, que se le ven hasta los nervios interiores. A un lado, formando uno de esos contrastes peculiares en el arte japonés, Benter, dios de la belleza, sonríe con su sonrisa que cura todos los males. Y éste que se yergue airado blandiendo una maza de oro, ¿quién es? Sin duda Bishamon patrón de los samurayes. En cuanto a este otro que tiene una expresión de perpetua alegría y cuya carcajada es tan franca, seguramente es el buen Hotel, protector de los que beben y de los que cantan, divinidad rabelesiana que parece un Buda borracho.

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