5ª Etapa: Los orígenes de Nikko

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Nikko

12 de Septiembre del 2010

Esta mañana descubro que el pinchazo del día anterior ha degenerado en una brecha en la cámara y no tiene arreglo. Resignado me pongo a empujar la bici en dirección a Utsunomiya. Camino durante horas dando vueltas en busca primero de un conbini para desayunar algo y así de paso pregunto por un taller de bicis. A media mañana encuentro una tienda de bicis en una zona comercial al sur de Utsunomiya (después de arrastrar la bici 15Km).

Solucionados los problemas técnicos me pongo en marcha cruzo Utsunomiya subo un pequeño puerto y casi con el impulso de la bajada llego a un albergue juvenil que hay al sur de Nikko.

Dejo mi equipaje y me voy a dar una vuelta por “El Japón galante y heroico de Enrique Gómez Carrillo”. Un libro de que escribió un Guatemalteco hace poco más de cien años.

 

Nikko, lo mismo que todos los santos sitios del Japón, tiene orígenes milagrosos.

Su fundador, Sio-dio-sio-nin, hijo de Takafsinosuké, nació en la provincia de Simodzuke, el vigésimo día del cuarto mes del año séptimo de Tem-pei. Desde su más tierna infancia mostróse tan piadoso, que sus compañeros le llamaron “insecto de iglesia”. A la edad de siete años, n ángel se le apareció cuando se encontraba en un templo, y le dijo: “Yo soy Sei-siu-mei-sei-ten-siu. En nombre de los dioses te concedo el don de la sabiduría”. Muy modesto, el niño guardó en secreto su ciencia infusa. A los veinte años escapóse de su casa para irse a meditar en una caverna de Idzurú. Allí pasó tres años. Luego en otra gruta pasó otros tres años, solitariamente. El primer año de Tem-pei-zin-go, que corresponde a 767 de nuestro calendario, sintió la necesidad de ir hasta la montaña. Una voz misteriosa ordenábale que marchase. Marchó día y noche, sin descanso, hasta que al fin llegó al borde de este Inari azul que forma tan gran número de cascadas. Las aguas estaban muy altas, y por ninguna parte se distinguía la menor señal de vado. El santo peregrino se arrodilló y permaneció así cerca de una semana. Cuando sus fuerzas comenzaban a flaquear, un ángel “igual a un demonio” apareció al otro lado del río y mostrándole dos enormes serpientes rojas, le habló de esta manera. “Yo soy Sinsia-saio. Cuando Guen-so y San-so fueron de China al país de los indios, pudieron, gracias a sus oraciones, atravesar el desierto. Quiero que tus oraciones sean igualmente recompensadas. ¡Pasa!”. Al pronunciar esta última palabra, las dos serpientes se lanzaron, hasta formar un puente, por el cual pasó Sio-dio-sio-nin para ir a fundar el templo de Nikko.El cicerone erudito que me habla de estos orígenes, temoros, sin duda, de que no dé fe a sus palabras, me cita en su apoyo un libro sagrado que se titula Bo-so konritsuki. “Los doctores chinos – agrega – han estudiado la vida milagrosa de Sio-dio-sio-nin, y están seguros de que es fue un gran santo en el cual es necesario creer. Si usted quiero, cuando volvamos al hotel le traduciré un capítulo de las crónicas de Li-Ko-Mé, para que se convenza”.No hay necesidad de libros del Celeste Imperio para comprender el divino origen de todo esto. He allí, justamente, una torre que aparece entre las criptometrías gigantescas y que proclama con su belleza la mitad de los milagros. Porque es un milagro de arte, un milagro de suntuosidad, la arquitectura de Nikko. El ensueño mismo no llega a tanto esplendor. Es una realidad que hace palidecer a la imaginación. Es algo más rico, más delicado y más enorme, que lo que hemos visto en los cuentos de hadas. Leed los libros de los viajeros, y encontraréis en todos, desde Dresser hasta Loti y desde Lowel hasta Kipling, la misma impotencia para describir tanta maravilla. Es imposible.


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