4ª Etapa: Tsukuba-san

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Tsukubasan jinja

11 de Septiembre de 2010:

¿Cuándo es suficientemente de día para levantarme? Cambio de postura en la hamaca. Apoyo la mejilla en el borde y miro hacia el suelo cubierto de hojas. Supongo que cuando ya puedo ver a los mosquitos que me rondan es suficientemente de día. Me incorporo y sin bajarme de la hamaca, sentado con las piernas cruzadas empiezo a asearme y a vestirme. El bosque también se despierta mientras con el brazo metido hasta el codo rebusco en una de las bolsas. Mi estómago me recuerda que ayer no compré bastante comida.

 

Arrastro torpemente la bici entre la maleza hasta llegar a la carretera y sin preámbulos, de pie, balanceando torpemente la bici empiezo a subir. No tardan demasiado en correr ríos de sudor por mi frente. No llevo ni media hora sobre la bici cuando para llegar a cada curva tengo que hacer uso de toda mi fuerza de voluntad. Busco en el bosque cualquier referencia con la que pueda tener una idea de donde está el fin de esta cuesta. pero lo único que puedo distinguir es teleférico que sube hasta una  de las cumbres del monte Tsukuba.

Después de dejar los riñones para llegar a lo alto de una cuesta llego a un cruce y me hago a la idea de que a partir de ahora el terreno será un poco mas agradable. Me dejo bajar mientras giro hacia una carretera desierta me asomo para ver que hay en la otra ladera y veo que me espera una sucesión de subidas y bajadas mientras la carretera discurre por un estrecho cordal.

Me enfrento a esta montaña rusa durante un rato saltando de teso en teso y descansando en algunas de las sombras que se cruzan en mi camino. Aunque son las 7 de la mañana empiezan a atronarme los coches y las motos de la gente que quiere disfrutar de una carretera desierta al amanecer. Un buen rato después de haber bebido el último sorbo de agua y una eternidad después de que mi fuerza de voluntad se negase a moverse de debajo de un árbol, me bajé de la bici y empecé a caminar arrastrando la bici. Mientras ponía un pie delante de otro cabizbajo apareció un chico corriendo en dirección contraria. Después de los saludos de rigor le pregunto cuanto queda hasta el siguiente cruce y  mientras cruza la carretera para acercarse a mi me da la mala noticia. Dos kilómetros hasta el cruce y 5 hasta el próximo lugar en que repostar.

Inoue, que es como se llama mi recién estrenado amigo, cambia el sentido de su marcha y me acompaña caminando pacientemente hasta el final de la cuesta, los dos juntos descansamos un rato y buscamos un grifo en el que llenar mi botella vacía. Desesperado por saciar algo me adelanto y desciendo hasta la entrada de Tsukubasan-jinja.

Las tiendas aún no están abiertas pero afortunadamente par de máquinas de refrescos esperan pacientemente mi contribución. Me siento en el bordillo junto a la máquina y empiezo a beber a pequeños sorbos. Ya no hay prisa. Al rato llega Inoue el también se saca una lata y se sienta conmigo. Me cuenta sus aventuras durante un rato y descansamos los dos hasta que un señor empieza a levantar persianas. Yo me levanto a quitar la bici de en medio y me despido de Inoue que continua corriendo. Tiene que entrenar mucho porque en octubre va a participar en una carrera de 100Km que se disputa en las carreteras del monte Tsukuba.

Después de dar una vuelta por todo el complejo de templos y altares regreso a donde había dejado la bici y me siento a la sombra para dibujar un rato. Pero es inútil en el semáforo no dejan de pararse autobuses cargados de turistas que me impiden ver lo que quiero dibujar así que me resigno y entro a un restaurante a comer Tsukuba udón una de las especialidades locales. Con el estómago lleno y una botella llena de agua hecho un último vistazo a las dos cumbres del monte Tsukuba y bajo como un tiro hasta el valle.

Ya estaba a punto de hacerse de noche cuando por fin encontré un lugar adecuado para acampar. Un campo de beisbol junto a un río. El único problema es que no había ningún sito adecuado para colgar la hamaca. Estiré la hamaca sobre el suelo bajo un pino y fui a refrescarme en el río antes de que se hiciese totalmente de noche.

Después de cenar, cuando ya estaba echado descansando unas luces aparecieron al otro lado del campo de beisbol. Era un coche de policía que muy despacio recorría los estrechos caminos del parque. Técnicamente estoy fuera del parque—pensé—pero como se pongan tontos hoy duermo en comisaría. El coche avanzaba lentísimo mientras me cegaba cada vez que hacía un cambio de sentido. Entonces se paró bajo unas farolas, a penas a 50 metros de donde estaba yo y pude distinguir unas sombras que contra los faros del coche. Respiré aliviado al escuchar al policía echar la bronca a unos chavales por estar jugando al baloncesto a esas horas. Afortunadamente no me habían visto.

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