Las colinas de Brighton

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Aquella mañana mientras me ducho reflexiono sobre uno de los grandes misterios de la humanidad. ¿Porque costará tanto trabajo fabricar duchas en las que el agua salga a la misma temperatura durante un rato?

Tras el tratamiento “frio calor” de esa mañana avanzo sin pena ni gloria en dirección a la costa, mientras subo la que por tercera vez promete ser la última colina, hasta que una autopista se cruza en mi camino. Antes de poder disfrutar de la brisa del mar tengo que deshacerme de la marejada de coches y el océano como premio a mis esfuerzos me regala un agradables vientos alisos, que pretendían que yo fuese en otra dirección.

 

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Un carril bici al borde de la playa me lleva casi hasta la villa Littlehamptom frente a un montón de chalets en primera línea de playa con barcos en jardín a juego con las cortina y  restos de veraneantes en la arena.

En un camping a las afueras de Littlehamptom continúo con mis investigaciones sobre las duchas del mundo y las diferentes estrategias para que apetezca terminar cuanto antes con esa tortura. En este caso, gracias a unos paneles solares, la temperatura del agua es estable. Es la presión la que varía con frecuencia haciendo que no pueda parar de moverme persiguiendo el chorro de agua que cae de la alcachofa para aclararme.

Afortunadamente el césped parece estar diseñado para tumbarme y disfruto de una agradable siesta antes de que los rugidos de mi estómago me despierten reclamando lo que es suyo.

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