Epílogo.

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Miércoles, 14 de Enero del 2009.

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Noto un  extraño vacío en mi interior mientras empujo la pesada puerta de cristal. No creo se hayan desenmarañado aún los fideos del mediodía, así que supongo que es la inercia de mi cuerpo, que no sólo se ha acostumbrado al maltrato de la carretera, si no que pide más. Pero todo está agotado. Las alforjas empiezan a romperse, la bolsa del manillar hace días que ya no se cierra, la tienda está rota desde Nara… No se como me las arreglo para despedazar todo lo que toco.

 

La chica que está tras el mostrador me saca de mi mundo interior. Es posiblemente la segunda o la tercera persona con la que hablé cuando llegué. Pero eso ella no lo sabe, de hecho no se acuerda de mi, y no la culpo, no sólo han pasado mas de dos meses si no que yo he adelgazado 10 kilos. Tal vez se acordase de mi otro yo, el de antes del viaje, pero él no ha conseguido completar este viaje. Se fue quedando poco a poco en el camino mientras yo lo reemplazaba con cada pedalada.

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como si aún no se hubiese terminado, descargo mis cosas por última vez, subo hasta mi cuarto. Me siento sobre el tatami, me preparo un té actualizo el diario y me dejo llevar por la rutina mientras bajo a hacer la colada. Cuando vuelvo a mi alcoba ya no estoy solo. Un chico de uno 16 años cuelga una cazadora en el armario. Rápidamente alardeo de mis conocimientos de la lengua japonesa mientras compartimos una taza del horrible té que preparé hace unos minutos.

Para mi sorpresa no soy en único bici-viajero, y es que el chaval pedaleó los más de 100 kilómetros que separan Kyoto de Nagoya en una mamachari, con su pequeña mochila negra en la cesta del manillar.

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Aún estábamos hablando de nuestras cosas cuando llegó el tercer huésped, un francés muy educado que compartió con nosotros los inconvenientes de mi té. Al ver mis alforjas en el armario, me comenta que en el vestíbulo hay una chica que también está viajando en bici por Japón. ¡Madre mía! hoy parece el día internacional de los ciclistas.

Mi curiosidad me empuja escaleras abajo hasta el vestíbulo donde dos chicas parlotean en francés. Una de ellas es la novia de mi compañero de habitación y la otra es la viajera. Después de hablar un rato descubro que no es que esté viajando en bici si no con la bici. Lo cual desde mi punto de vista es más duro, porque como ya comenté en otro post casi todo son inconvenientes. Ella se dirige a Kyoto, pero con su gigantesca bici no puede viajar en tren y los autobuses, de Nagoya no admiten bicis bajo ningún concepto, así que la aconsejo sobre que ruta seguir para ir por carretera, aunque comprensiblemente no le hace demasiada gracia la idea de pedalear sola un día entero casi sin descanso.

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Una vez más, montado en Emebeka-dono doy una vuelta bajo los altos edificios que rodean la estación. En busca de algún puesto callejero o algún lugar interesante donde cenar. Hasta que el olor del okonomiyaki recién hecho me atrae hasta un pequeño distrito comercial. Ignoro la lejía de oferta del supermercado de la acera de enfrente mientras relleno mi interior de verduras variadas, antes de volver al albergue a recordar el olor del tatami del primer día.

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