¡Donde está mi desayuno!

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Miro el mapa mientras salgo del aparcamiento del puerto de Ostende y trato de poner al mal tiempo buena cara.

-¿Como de lejos está Calais?- le pregunto a mi GPS.

-A dos jornadas, y más de 100 Km, más allá del final de ese mapa tan analógico.- me responde con su voz de servicio técnico de empresa de telecomunicaciones.

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Pronto empiezo a echar de menos algo de comida, y es que por alguna razón que no entiendo todo está cerrado a cal y canto. Lamento terriblemente  no haberme parado a recoger unas peras diminutas que había tiradas bajo un árbol viejo y abandonado junto a una casa en ruinas, y en mis retinas los patos que nadan despreocupados por los canales, son deliciosos trozos de carne jugosa asada a fuego lento.

Ya estaba a punto de entrar en campo a ver si encontraba una mazorca de maíz olvidada, cuando veo en el horizonte la torre de una iglesia y tembloroso avanzo hacia el pueblo que intuyo rodea esa iglesia. Ya no pienso, sólo pedaleo y avanzo por una estrecha calle.

En una esquina un cartel grita “Friten”. Por los radios de Emebeka-dono, por mi como si está cruden pero que esté abierto.

Cruzo la puerta, doy unos paso hacia el mostrador, mientras se me adapta la vista a la oscuridad. Un menú enorme sobre la cabeza de una señora capta mi atención. Está todo en Neerlandés pero da igual, aquello era poesía para mis tripas.

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En lo que queda de día sigo paralelo a la costa, esquivando a la gente que va o viene de la playa, y hasta encontré una tienda abierta donde me hice con algo de comida y bebida.

Por la tarde a un par de kilómetros de la frontera, encuentro un camping y todo. Un lugar donde montar mi tienda, ducharme, cenar y meterme rendido en mi saco a dormir.

De madrugada, un ruido me despierta. Algo está urgando en la basura que deje en el avance.

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-Seguro que es una rata- pienso mientras golpeo la lona con los pies para asustarla. El ruido de un bicho, que asustado corre temiendo por su vida no se escucha. Pues va a ser que no era una rata. Corro la cremallera del saco, agarro la linterna y abro la puerta a ver que es lo que pasa. Hay un simpático erizo junto a la bola de mis desperdicios. Es una temblorosa pelota llena de pinchos confía en su armadura. No podía ser más inofensivo así que contento de tener compañía. Corro la cremallera y me enrosco otra vez a dormir.

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