Como quien no quiere la cosa.

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“Hace una mañana preciosa” eso es lo que estaría pensando el pájaro que planeaba entre mi tienda de campaña y el cielo azul. Pero con toooodo lo grande que es el mundo porque tendría que cagarse en mi casa. Pero que nadie piense que hablo una caquita de gorrión. Esto es una abundante plasta relativamente bien esparcida que como es natural no sale ni a tiros. Dejo por imposibles unos cercos blanquecinos sobre la verde lona, guardo mis cosas en las alforjas. Antes de ponerme en marcha y alejarme de Canterbury en dirección al castillo de Leeds.

 

El buen tiempo me acompaña mientras subo y bajo colinas por las estrechas carreteras del sur de Inglaterra. Hasta el fondo del hondo valle del rio Stour. Escondida entre los setos acecha una ancha carretera que me sorprende despistado mirando a mi mapa.

Me ciño a mi izquierda, aguantando las envestidas de los camiones y feliz de la vida me pierdo, “en realidad sigo de frente donde tendría que haber girado.” Hasta que me doy cuenta de mi error y paro en una marquesina a estudiar mis opciones. Bien puedo seguir hacia delante por esta carretera hasta Ashford dando un rodeo o puedo buscar esta carretera blanca e intentar ir lo más recto posible.

Avanzo sobre mi bici sin despistarme hasta que encuentro una carretera que sube por la colina en lo que desde abajo me pareció un ascenso de unos cientos de metros. Me seco el sudor de la frente, y empiezo a subir la colina, que contra todo pronostico no se terminaba nunca. En cada curva ansiaba que se terminase la tortura. Cada cambio de rasante me parecía que era la cima hasta que poco a poco la pendiente se suavizó y me detuve a desayunar por segunda vez junto a un extraño aparcamiento.

Stour Valley Arts rezaba el cartel. No me lo podía creer, en mitad de la nada, como quien dice una galería de arte. Pasee entre los arboles por caminos de tierra entre esculturas y matorrales. No podía dar crédito. No sabía de quien había sido la idea  pero era buena. Una lástima que nadie más pensase lo mismo porque en aquel lugar no había nadie. Y sólo yo y los pájaros que esperan un descuido para cagarme la tienda admiramos el paisaje.

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