42ªEtapa: Otros aromas de Tokio.

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Madrugada del Jueves 8 de Enero del 2009

Tumbado en mi futón intento conciliar el sueño, con mi mano dolorida aún tras el mordisco del gato. Las luces de la calle bailan a medida que resbalan las gotas de agua que se condensa en la ventana. Respiro hondo, me tapo hasta las orejas y cierro los ojos.

Aún estaba en la misma posición, cuando el ruido de la puerta de mi habitación deslizándose lentamente me despierta.

-Suso- susurra Kaori, –¿estás dormido?-

-No.- Digo en voz baja mientras la oscuridad enmascara la estúpida sonrisa que desencaja mi cara. ¡Zafarrancho de combate! Chicharras y luces rojas giratorias avisan a todas mis hormonas que acuden a sus puestos de combate, y todos los vellos púbicos se frotan las manos ante la expectativa de un posible intercambio de fluidos.

Entonces, algo entra por la puerta y no son los pechos de Kaori. Se trata de otro aroma menos agradable. Huele a mierda de gato.

-No puede ser- digo al tiempo que me incorporo.

El gato se cagó en el fregadero, que da la casualidad que está justo delante de la puerta de mi habitación.

Podría haber sido peor, pienso mientras agarro la mierda con una bolsa de plástico para tirarla al wáter, por lo menos es bastante sólida.

-No está en su jaula- dice Kaori desde el salón.

¡No! Otra vez no, por favor quiero dormir.

-Las puertas estaban cerradas- así que solo puede estar o en el salón o en la cocina.

buscamos con calma otra vez hasta que solo quedaba un sitio por revisar. Detrás de la nevera.

-No puedo ver nada- digo mientras intento ver algo por la rendija que hay entre la pared y la nevera.-Necesito un espejo-

Efectivamente, la luz de la linterna se reflejó en los ojos del gato que miraba asustado desde una esquina.

-¿Y ahora que hacemos?, ahí no puede estar- afirma Kaori.

-Hay que mover la nevera no nos queda otro remedio.-

***

Dejo a Emebeka-dono atada a un poste mientras doy un paseo por Akihabara. Todo son colores llamativos, todos los ruidos son estridentes y todo parece parece estar en un equilibrio precario. Parece un todo a cien de peli futurista y en el Pachinko de la esquina tocan la banda sonora. Entro en una tienda llena de aparatos electrónicos, cables, enchufes, bombillas y miles de cachivaches. Durante unos instantes dejo de ser Suso y me convierto en un personaje de Blade Runer y en cuanto salga a la calle aparecerá un vendedor de comida ambulante en su furgoneta voladora repartiendo kebabs a diestro y siniestro.

Paso horas husmeando este paraíso para los constructores de misiles balísticos intercontinentales antes de recuperar mi bici para seguir paseando a mi aire por la ciudad, saltando de semáforo en semáforo y metiendo las narices en todos los callejones que hay de Shinjiku a Odaiba, de Roppongi hills a Shibuya. Para cuando dio la hora de regresar ya había perdido la cuenta de cuantos lugares extrañamente cutres y hermosos me encontré, cuantas veces traté de perseguir las motos de reparto, o cuantas minifaldas me obligaron a dejar de mirar al frente, aun a riesgo de estamparme contra un taxi, o peor aún contra un camión de la basura.

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