40ª Etapa: Un hotel de perros

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Domingo 4 de Enero del 2009.

Tokio 316

Abrazado a una de mis tres almohadas, me niego a interrumpir mis sueños y pido cinco minutos más al despertador. Ruedo sobre mi espalda, doy los toques finales a mi peinado y permito que las sábanas dejen huella en mi mejilla. Parpadeo, y suena otra vez el despertador. Me arrastro fuera de la cama y aparto las lagañas de los ojos para encontrar el camino al baño. Dejo escurrir mis ideas en el lavabo hasta ser medianamente consciente de donde estoy y que tengo que es lo que tengo que hacer.

Sentado a la mesa mastico con cuidado un trozo de salmón hasta que encuentro la espina que se me había pasado por alto. Bebo un sorbo de café, y como unos granos de arroz con cuidado de no mancharme.

Con un cargamento de calzoncillos limpios en mis alforjas y luciendo mis mejores galas salgo a la calle a ensuciarme mientras le administro los primeros auxilios a Emebeka-dono. Antes de montar mi equipaje por enésima vez en el porta-bultos y comenzar, con calma, bajo el pálido cielo azul de esta mañana, a pedalear. La ciudad es un poco monótona una sucesión de cruces y semáforos me llevan hasta un estrecho corredor en el que el mar se adentra en la tierra empujando al hombre contra las rocas. Privados de su espacio, los coches se amontonan unos tras otros oliendose los tubos de escape como perros en una veloz persecución de colas ajenas. Emebeka-dono y yo, arrinconados por la violencia del tráfico circulamos junto al muro de hormigón que separa el mar del asfalto, en una sucesión de quiebros, rampas, y aparcamientos.

Dos bicis cargadas hasta las orejas de equipaje gobernadas por una pareja de ciclistas viene a mi encuentro. Son un matrimonio de Australianos que residían en Irlanda hasta que decidieron montar en bici y comenzar a pedalear. Llegaron a la otra punta del continente europeo y ya que estaban allí porque no montar en un avión y volar hasta Tokyo. En Tokyo pasar unos días disfrutando de su inmenso tiempo libre antes de continuar con su discontinua vuelta al mundo en bicicleta. Esta vez en dirección a Osaka para tomar un barco que los lleve a China. Charlamos un poco compartimos experiencias y tengo que declinar una amable oferta para acompañarlos en su viaje, no sólo por lo agradable de mi compañía si no por mis dotes con el idioma. Orgullosos me enseñan sus máqunas de hombre blanco con las que se guian en las noches en que no son visibles las estrellas. Un rápido vistazo deja ver que no tengo ningún mapa a la vista. ¿como te arreglas para navegar? Preguntan intrigados. El secreto de mi orientación es fundamentalmente “leer los carteles”, seguir la costa o los ríos y si eso no funciona preguntar a la gente. Sólo en caso de necesitar llegar a un punto concreto sin demasiadas vueltas sigo el mapa.

el volcán se asoma al río

el volcán se asoma al río (tomada a finales del XIX)

Perplejo aún me acerco al valle del río Fuji. Me doy cuenta de que no es la primera vez en los 3300 Km que la carretera no me habla Japonés y cruzo el inmenso valle parcheado de arrozales sobre un puente de hierro. Entre las vigas de acero veo al volcán como a un gigante barbudo. Se mira desde el cielo en el espejo del río de su mismo nombre sin prestar a las nubes que se tienen que doblegar para pasar sobre su cabeza.

Me da la espalda el sol cuando empiezo el ascenso a Hakone. La carretera no da descanso y las vistas no me alimentan, tampoco me empujan cuesta arriba. Me diluyo en la puesta de sol y a medida que gano metros me vacío de fuerzas. Sucesivos cambios de rasante me hacen soñar con el final del ascenso, y se hace más y más tarde.

Hakone a finales del siglo XIX

Hakone a finales del siglo XIX

Ya se había puesto el sol cuando se hizo evidente que había terminado lo peor, con mi luz encendida me dejo bajar hasta el lago y sin casi tiempo para turistear empiezo a buscar el albergue. Era de noche cuando encuentro los primeros carteles que indican el camino hacia el albergue, sigo por un camino y llego a un aparcamiento. Dejo mi bici cerca de la entrada y me acerco. Mientras camino hacia a la entrada se hace evidente que todas las luces están apagadas. Parece que no hay nadie en casa. Miro a trabes del cristal de la puerta, llamo y desisto. Me siento en el porche a mirar el mapa sin demasiadas ideas y una de las miles de recomendaciones de mi guía para moteros me llama la atención. Entre el indescifrable texto leo “mascotas bienvenidas” no es que sea algo muy útil para los moteros pero seguro que es un sitio pintoresco y no está demasiado lejos. Subo a mi bici y casi sin esfuerzo doy con el Onsen justo donde indica mi mapa. Una pequeña casa, que parece sacada de la campiña inglesa se asienta en medio de un estrecho valle apuntalado por altos cedros blanqueados por la escarcha. Anexo a la casa un jardín muy cuidado y una tapia de madera tras la que sale vapor de agua. No hay duda tienen rotenburo. Espero que no sea demasiado caro porque me apetece mucho ver las estrellas metido en el agua caliente mientras fuera hace un frio que pela.Dejo mi bici junto a los coches de los otros huespedes, y entro hasta el genkan. Una sale a atender el mostrador de recepción. Después de enterarme bien de cuanto y como funciona todo me decido a quedarme.

Los caminos ya no son como los de antes (imagen del finales del siglo XIX)

Los caminos ya no son como los de antes (imagen del finales del siglo XIX)

Por segundo día consecutivo ¡dispongo de un techo y de almohadas!, (me estoy echando a perder) Me cambio de ropa bajo al comedor a cenar y descubro que es algo más que un local en que las mascotas son bienvenidas, y es que la proporción entre perros y humanos es muy próxima a uno. Casi todas las mesas del comedor estaban ocupadas por los demás huéspedes y sus perros. Varios caniches, un par de labradores, un carlino, un westie… una variada representación de razas perrunas posaban junto a sus estirados dueños sentados como cartabones a la mesa. Comían manjares dignos de su estatus casi sin prestar atención a su alrededor sólo pendientes de sus perros, pareja e hijos (por este orden). Los animales, imitando a sus amos se ignoraban entre sí dando una sensación de estar en una representación teatral absurda en la que los humanos y los canes comparten mesa a diario.

Disfruto de mi cena contemplando, con dificultad para mantener la boca cerrada, el espectáculo. Busco algún rastro de normalidad en aquellas personas y cuando veo a dos niños jugar después de comerse su postre y uno de los labradores mueve el rabo(sobre el plato de su dueños) y contento busca los mimos de la camarera que se acerca con más comida para la mesa. Es entonces cuando suspiro aliviado y pienso “tenemos normalidad”

Actualizo el diario en la mesa de comedor mientras tomo una taza de te, para poder contemplar el show un rato más, pero tampoco me puedo demorar demasiado. Si quiero disfrutar de mi baño al aire libre. Subo a mi habitación agarro una toalla y una especie de kimono y bajo en zapatillas hasta la entrada del baño. Me aseguro dos veces que entro en la mitad masculina dejo mi ropa en una cursi cesta de minbre con lacitos cursis, y me doy una ducha en al antesala del rotenburo. Sólos yo, mi toalla y las estrellas invisibles tras una capa de nubes disfruto de un baño reparador. Creo que podría hacer esto todos los días sin cansarme. Solo hecho de menos una cerveza o una sidra, o las dos cosas. Mañana seguro que madrugo, pero puede que no sea para organizar el equipaje.

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