33ª Etapa: Tokushima

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Sábado 27 de Diciembre del 2008.

el embalse junto al que dormí

el embalse junto al que dormí

Me despierta una fría gota de agua que se cuela por el único espacio que dejo libre para poder respiar. Saco la cabeza. Ya empieza a haber algo de luz. Salgo del saco y me visto rápido para no congelarme.

Aún con la sensación que te deja el cuerpo la rópa fria corro la cremallera a ver que tiempo hace. Fuera. El cielo es azul y todo está cubierto por una fina capa de escarcha.

Como todos los días recojo la cosas y salgo a la carretera. Continuo disfrutando del mismo paisaje que ayer, aunque poco a poco el valle se ensancha y las cumbres no están tan lejos. Cuando sale el sol todo se inunda de luz. Cuando salgo de entre los árboles el sól me abriga, y me dan ganas de tumbarme en medio de la carretera y dejar que el sol me caliente.

la estación del teleférico

la estación del teleférico

Salgo de la nacional y sigo el rio por una carretera secundaria estrecha por donde no entra el sol hasta por casualidad llego a la estación de un teleférico, que volando sobre el rió Naka sube hasta el templo Tairyûji en lo alto de la montaña homónima.

A falta de segundo desayuno del día decido invertir el sablazo del día en un billete a lo alto de aquella montaña y visitar uno de los templos que forman parte de la peregrinación de los 88 templos.

Eché mucho de menos mi cámara de fotos sobretodo mientras la cabina del teleférico tomaba altura sobre el rio Naka y los bosques. A un lado las montañas parecían sumergirse en una llanura y al otro una maraña de nubes despeinadas se arremolinaban al rededor de los picos mas altos.

21er templo de los 88 Tairyüji

21er templo de los 88 Tairyüji

Frustrado por no poder hacer fotos como tantas veces estos días, sigo mi recorrido por la estrecha carretera secundaria. Pedaleo despistado murmurando alguna canción para mismo cuando dos macacos cruzan por delante de mi a toda velocidad, de un brinco se suben a una roca y uno de ellos, el más pequeño se queda mirándome. Yo continúo la marcha como si no pasase nada aunque me hayan metido un buen susto, pero no puedo evitar mirar a los ojos al animal. Que se esconde al pasar yo a su altura.

Sin previo aviso me adentro en una enorme llanura de arrozales cuadriculados y acequias, dónde parece que cultivan cuervos en lugar de arroz.  La carretera está desierta, pero me acompañan unas inquietantes figuras (a parte de lo pájaros de mal agüero que no callan).

De vez en cuando en las ciudades hay carteles y dibujos advirtiendo de que por esa zona hay niños que se dirigen a la escuela. Pero lo de aquí ya es pasarse un poco de la ralla. Amarrados con bridas a las barandillas que hay desperdigadas entre arrozal y arrozal hay unos muñecos que vestidos con ropas deshilachadas por el viento y blanqueadas por el sol y la lluvia. Por los rotos y los descosidos asoma la paja enegrecida por la putrefaccion de la que están rellenos.

Superado el tramo de los espantapájaros (como para pasar de noche) regreso a la nacional 56. Ya añoraba el ajetreo de coches y motos en los semáforos, aunque lo que más hecho de menos hoy es algo caliente que comer. Obviamente no puedo sobrevivir sin desayunar dos veces, y estoy destemplado e incómodo sobre la bici. Compro algo de comer y empiezo la búsqueda del albergue siguiendo las indicaciones de la guía de los albergues que esta vez son muy precisas. Entre cruce y cruce, a las afueras de un pueblo me encuentro con un centro de reciclaje. Ya había visto unos cuantos y no me llamaron demasiado la atención pero este en concreto me deja con la boca abierta. En una esplanada cuidadosamente colocados hay un montón de teles y monitores de ordenador, tan alto como una casa que hace sombra a los típicos montones de ventiladores, lavadoras y las bicicletas abandonadas que tienen que retirar con camiones de las calles.

llego a la hora de comer (últimamente mi reloj siempre marca esa hora) al albergue, que está en primera línea de playa, tras unos altos pinos inclinados por el viento.  Dejo apoyada mi MBK en una enorme jardinera con una palmera y paso hasta el genkan. No hay nadie a la vista, toco el timbre que hay sobre el mostrador, y casi inmediatamente aparece una mujer nerviosa y sorprendida agarrada a una mopa. Antes de que podamos decir nada una perro pequeño sale disparado dispuesto a comer Suso crudo si hace falta. Pero cómo me atrevo, estropear su siesta bajo la mesa del comedor.

La mujer se disculpa mientras me agacho para intentar hacer las paces con el animal, que interpreta erróneamente mis intenciones se acojona y sale pitando moviendo las patas en vacío en su arrancada como si fuese un dibujo animado. La escena, alívia un poco la tensión del ambiente y antes de que me diga nada.

-Que perro mas guapo…-

-¡hablas japonés! menos mal- y aliviada suelta el mandil y agarra con las dos manos la mopa para dejarla apoyada en la pared.

-Llevo desde ayer preocupada- me dice mientras saca una tarjeta y un lápiz para que rellene mis datos.

-Lo siento tendría que haber llamado yo, pero aun me cuesta trabajo entender las conversaciones por teléfono- le contesto mientras escribo mis datos en la cartulina.

-Voy a por mi equipaje- digo mientras alargo el lápiz y la cartulina -¿Hay algún lugar para dejar la bici? pregunto mientras agarro el pomo de la puerta.

-Si, aquí… a la derecha… Un momento salgo y te indico donde es.- Caminando rápido rodea el mostrador, agarra unos zuecos, los deja caer en el suelo, y como misil sale el perro de la cocina, moviendo el rabo ansioso y dando vueltas sobre si mismo delante de su dueña.

-¡Que no!, que no puedes salir ademas ahora voy a llamar a papá y vengo ahora mismo-dice en ese tono en el que se le habla a los niños y a los perros.

Espero a que tenga controlado al animal para abrir la puerta y salimos. Me señala un aparcamiento de bicis con un pequeño tejado y se va a avisar a “papa” que parece que está en algún lugar por detrás del albergue.

Al fin después de conocer a toda la familia y reconciliarme con “Lun” (es una perra) subo a mi habitación a descansar y a planificar la ruta hasta Tokio. Casi sin darme cuenta, se acerca la hora de la cena.  Bajo hasta el comedor y me siento junto en un sillón de orejas y abro un tomo de Lamu al azar, (total para lo que voy a entender) antes de que me de tiempo a reclinarme viene Lun corriendo con un muñeco en la boca, lo posa sobre mis pies y me mira moviendo la cola, (ni de coña sobo ese trapo to’babao y menos recién salido del ofuro que tenía los dedos mas arrugaos que una pasa)

No había desistido la perra aún cuando se abre la puerta de la cocina. -Disculpa, ¿comes pescado crudo?- me pregunta “el papá” de la criatura, mientras la esposa saca en una bandeja con los platos para poner la mesa.

-Si, si, no hay ningún problema-le contesto mientras me deshago del peluche de una patada.(hoy como graba del río si hace falta)

-Lo único que no me gusta es el pimiento verde, y la cebolla cruda- comento (por si acaso eso que dicen que es comestible me viene a margar la cena)

-Igual que un niño pequeño- dice ella mientras coloca los platos. (normal que no les guste a los niños, si sabe fatal, y eso no es lo peor lo peor es que contamina otros alimentos)

Ya sentados en la mesa doy cuenta de mi sashimi de calamar (que no hay gitano que lo agarre con los palillos de lo que resbala el cadáver este) y demás delicias que me prepararon y comemos todos juntos, la perra también. Después de la cena me frieron a preguntas, y reconocieron que estaban muy contentos de contar con un guiri que hablase japonés (con que poco dominio del idioma se contentan) y se interesaron por mi sobre muchos aspectos, y yo pude satisfacer mis curiosidad sobre aspectos que aún me intrigaban como la sanidad, las pensiones, los servicios sociales… en resumen un café muy largo que me duró hasta que dio la hora de ir a dormir.

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