8ª Etapa: Lagrimas y Sonrisas

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Lunes 24 de Noviembre

Muchas cosas han pasado desde que cambié dinero en Hikone y mi cartera ha menguado hasta contener sólo 1500 yenes. Sentado en la mini mesa de la habitación, Planifico mi ruta hacia Kobe haciendo que el rotulador pase por el aeropuerto donde espero no tener problemas para encontrar un cajero en el que sacar dinero. Empaqueto mis cosas en las alforjas cargo la bici, y avanzo por un laberinto de callejuelas.

A la media hora de salir empieza a llover. Bajo el toldo de una pescadería me transformo en supersuso intranspirable y resistente al agua. El temporal arrecia, yo, mi chubasquero y mis pocas ganas de mojarme, decidimos parar bajo un viaducto del tren a esperar a que amaine. El tiempo pasa y no deja de llover. Los desagües empiezan a no poder drenar toda el agua que cae del cielo y por los lados de las calles discurre un pequeño arrollo de aguas grisáceas adornadas con papelitos, latas de refrescos y las siempre bien venidas cacas de perro. En resumen un ambiente acuático muy agradable.

Cansado de mirar para los lados, con el culo frío de estar sentado en el suelo decidido a ir pitando hasta el aeropuerto. Me enfrento a 5 kilómetros de carreteras convertidas de ríos de aguas bravas y salsa barbacoa, vistas a través de la luz tamizada por mis gafas empañadas.

Un rato después llego a mi objetivo, me quito mi envoltorio con dos dedos, me seco la cara y entro en la terminal. Reclamo mi recompensa, o mi dinero según se mire y regreso al Albergue de Osaka. Vuelvo a experimentar los mismos sentimientos de empañamiento y enguarramiento. Aderezados con humo de autobuses y adornados con otoñales hojas que al caer suavemente desde sus ramas se quedan pegadas a mi húmeda mejilla.

Todo cambia cuando llego al albergue. Son las dos de la tarde y tengo tiempo para disfrutar de la gastronomía, olvidarme de lo sucia que es la lluvia en la ciudad e ir de compras. Vuelvo para ser el primero en darme un baño calentito y sacudirme en la enorme bañera del albergue, todos los escalofríos que me dan con sólo de pensar en charcos lodosos.

Recién salido de mi purificador baño, voy al comedor a cenar algo. Allí me esperaba una Sueca que había conocido esa mañana durante el desayuno. Una chica muy simpática y muy habladora. Una gran monologuista, que me obsequia con más de una hora de parloteo por su parte y yo le correspondo con asentimientos acompañados de sonrisas hipócritas. Me siento muy orgulloso de mis sonrisas hipócritas, creo que nunca nadie se ha dado cuenta de lo que realmente estoy pensando. Bueno, en realidad no pienso, simplemente la voz de algunos seres humanos, en su mayoría hembras, provocan en mi una tensión de los músculos faciales que pueden ser confundidos con una sonrisa. Mientras los músculos de mi nuca se contraen con el fin de que mi cerebro se balancee en un intento de sacarme del bucle infinito. ¡Agua caliente quema bebe!¡Agua caliente quema bebe!

En un descuido, mientras toma aire para seguir contándome su vida o como se monta un mueble de IKEA, me saco de la manga la escusa de: “me voy al tigre”. Menos mal que no son baños mixtos, pienso.

El ruido de la cisterna llenándose, se apaga en lo más profundo del baño, concienzudamente me seco las manos con un una toalla de papel, me miro en un diminuto espejo sobre un lavabo. Lejos, más allá de los azulones tabiques del baño, se escucha un parloteo.

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