11ª Etapa: Youhei y Ryouhei

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Jueves 27 de Noviembre


Vale la pena soportar el humo, con tal de no padecer la humedad de esta mañana. Mientras se levanta la niebla, recojo todas mis cosas y desayuno. Estoy rodeado de campos de campos de arroz salpicados de pequeñas casas. Una docena de patos nada en una pequeña presa que almacena el agua para el regadío. En las ramas desnudas de los cerezos y melocotoneros, nervioso, espera un mirlo a que me marche.
El ambiente vuelve a estar cargado de contaminación y semáforos. Tardo dos horas en llegar al centro de Himeji y descubro una ciudad completamente diferente a la de las afueras. Las anchas aceras, llenas de gente haciendo sus compras en los altos edificios que rodean la estación de tren. Al fondo, al final de una ancha avenida vigila el Alcázar de Himeji. Sus blancas paredes, sus curvados aleros, impresionan incluso desde la distancia. Dejo la bici candada frente a la entrada de la estación, consciente de que no está permitido y me acerco a la oficina de información turística. Dos mujeres me atienden y después de hacer unas cuantas llamadas por teléfono, consiguen dar con un camping abierto. Solucionado el problema del alojamiento les pregunto por la tienda que ayer me recomendaron.


La tienda de cámaras de segunda mano está en un pequeño bajo comercial con banderas en la acera anunciando sus productos. Junto a la puerta fuera de la tienda, trípodes, bolsas y fundas de objetivos, con sus precios escritos en brillantes colores en cartulinas y dentro una vitrina llena de cámaras de fotos cubre las cuatro paredes. Pronto encuentro el tipo de cámara que busco y expongo mi problema al tendero. Esta vez si que me entienden. Me compro una preciosa Pentax Spotmatic plateada y un carrete de doce fotos para probarla. Salgo de la tienda disparado hacia el castillo y desde el borde el foso le hago una fotografía.


De camino al camping me compro mi cena y subo por una carretera secundaria hasta un pueblo. Me desvío por un estrecho camino hasta llegar a la zona de acampada completamente alejada de los arrozales, en un valle cubierto de árboles. Junto a la zona de acampada hay un restaurante. A primera vista parece que no hay nadie, pero luego me doy cuenta de alguien hace ruidos dentro. Pico en la puerta y una mujer muy sonriente abre las puertas de corredera.
-¿Estás buscando las oficinas del camping verdad?- me dice muy alegre.
-Están un poco más arriba. Esto es un bar y ya está cerrado.- me dice mientras me señala tras los árboles, el lugar en que se encuentran las oficinas.
Un gran edificio de dos plantas con aparcamiento delante y unas anchas escaleras de piedra hacía las veces de centro social y de oficinas del camping. Nada mas entrar ya me estaba esperando un hombre mayor. Les habían avisado desde la oficina de turismo de mi llegada. Me registro y charlo un rato con aquel amable señor antes de regresar a montar mi tienda.


Mientras doy cuenta de mi cena termina de hacer la limpieza la mujer del bar, se acerca a mi y me invita bajar mas abajo a otro bar. Acepto su proposición y entro en un pequeño bar al pie del acceso al camping. En el interior, una mujer tras la barra y una clienta cenando unos fideos.
Hago gala de mi mejores modales, y satisfago la curiosidad de mis anfitrionas. A cambio me invitan a unos deliciosos fideos (los mejores del viaje).
Mientras torpemente sorbo los fideos Yunko-san la mujer que está tras la barra me dice:
¿Te importaría bajar a conocer a mi nieto después de que cerremos el bar?
-¿Claro que no me importaría? Será un verdadero placer poder hablar con un niño.- Será un cambio y hablar con un niño. Después de todo la gente que se para a hablar con migo es gente mayor.


Después de comerme el enorme bol de fideos toca cerrar, y yo echo una mano a subir las sillas sobre las mesas y a meter la verdura que venden al otro lado de la carretera dentro del bar. En medio de la oscuridad, bajamos hasta el pueblo. Vamos sin avisar a casa del hijo de Yunko-san.
Ella abre la puerta de corredera entra. Avisa a su nuera mientras yo me descalzo en la entrada. La casa, de madera parece nueva, y el inconfundible aroma del tatami inunda me enbriaga. Yunko san me enseña una habitación en la que hay un pequeño altar con fotografías de sus antepasados y una imagen, a la que le rezan y hacen ofrendas.

Después me presenta a sus nietos Youhei de 10 años mas o menos y Ryuhei de 3 años, dormido bajo de la mesa del salón. Youhei que estaba jugando con unos coches de juguete es un poco tímido al principio. Yo no sabía que decir así que le enseñe las pocas cosas que tenía en la bolsa de la cámara de fotos. Mi pasaporte, unos billetes de 5 y 10 euros que tenía perdidos, y mis cámaras de fotos. También parte de los recuerdos que había acumulado hasta el momento. Entradas de museos, amuletos, y mapas, mientras tomámos un café. Yo me esforzaba por dar conversación a mis anfitrionas cuando se despertó Ryouhei. Frotándose el sueño de los ojos me miró, mientras su abuela le decía:-Ryouhei mira, un extranjero y se llama Suso.- Pero el niño tenía algo mal oliente dentro de los pantalones y va hasta su madre para que lo cambiase. De vuelta ya, Ryouhei demuestra su interés por mi enseñándome todos sus juguetes. Uno por uno y no se queda tranquilo hasta que lo cojo con la mano y lo miro bien mirado. Primero un camión, luego un peluche, luego un robot… y como ya los tiene todos allí les da un buen uso así que se pone a jugar junto a mi mientras Youhei descubre que vengo de un sitio que se llama España, me mira incrédulo mientras le cuento que de pequeño tenía el pelo liso y castaño claro y abre ojos como platos, al ver que tengo vello hasta el los dedos de la mano.
Es una pena que pueda estar mas tiempo con los niños, pero tengo que irme a mi tienda a descansar. Hoy fue un gran día, puede que uno de los mejores.

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