11ª Etapa: La ciudadela

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Viernes 28 de Noviembre.

Esa noche no la pasé sólo del todo. El marido de Yunko-san durmió en el restaurante y yo en la tienda. Desde el pueblo subimos todos juntos, -los abuelos, los nietos, la nuera y yo-, los escasos 600m que hay hasta la zona de acampada en un pequeño coche. Antes de dormir comparto con el marido de Yunko-san una taza de té.

-Ten cuidado con los ciervos,- me dice desde su silla giratoria de oficina -bajan muchas veces hasta aquí-

-¿y los jabalís? ¿no bajan?- digo al tiempo que refrigero mi lengua quemada por el té.

-Si, los jabalís también- responde como si nada.

Yo creía que los jabalís eran más peligrosos que los ciervos pero, a lo mejor estoy equivocado. Pienso mientras me meto dentro de mi saco.

Eran las tres o las cuatro de la mañana, cuando me despierto. Escucho unos ruidos. Me incorporo, me quito los tapones de los oídos, aguzo el oído y entrecierro los ojos. Efectivamente algo está removiendo hojas en la oscuridad. Muy despacio corro la cremallera de la tienda, y miro con mucho cuidado de no hacer ningún ruido. Allí están, pastando tranquilamente, media docena de ciervos rebuscan entre la hojarasca en busca de comida. Termino de salir del saco, me calzo, corro del toda la cremallera y salgo corriendo de la tienda haciendo aspavientos con los brazos. Mientras de un salto subo a una barbacoa de cemento junto a mi tienda, sin dejar de agitar los brazos, el pánico se adueña de todos los ciervos que salen corriendo en todas direcciones, asustados alzan el rabo enseñándome un mechón de pelo blanco en señal de peligro justo antes de perderse en las profundidades del bosque que linda con la zona de acampada. Mientras camino hasta el baño tronchandome de risa pienso que por lo menos el susto los mantendrá alejados de carreteras y calles una buena temporada.

Despierto temprano y desayuno cuatro bolas de arroz que ayer me prepararon Yunko-san y su nuera, preparo las cosas que quiero llevarme hasta la ciudad y empiezo a descender con cuidado sobre el asfalto humedecido por el rocío. Asusto a un par de perros y a su dueños durante su paseo matinal salgo a la carretera y comienzo a subir la primera de las muchas colinas que hay entre Aioi (que es el municipio en que está el camping) y Himeji.

Entro en Himeji por una avenida que va a dar junto al foso de la ciudadela, saco las fotos que quedan en el carrete y voy a revelarlo. Busco en mi plano turístico de Himeji un banco postal y voy a cambiar dinero, mientras espero el resultado del carrete. Comprar el cuerpo de la cámara me dejó casi sin blanca.

Con la confirmación de que la cámara funciona bien, me lanzo a visitar el castillo y me pierdo durante horas entre los muros haciendo fotos a las blancas paredes y los curvados techos. Aunque lo más sorprendente sea el tenebroso interior. Casi en total oscuridad una procesión silenciosa de turistas descalzos subimos las escaleras y recorremos los suelos de madera de cedro. Las empinadas escaleras que conectan cada planta esquivan gigantescas bigas de madera maciza, que obligan  a agachar la cabeza a casi todo el mundo. Parece estar hecho a propósito para que hagamos una reverencia a los constructores de esta maravilla de la ingeniería. Desde lo alto de la torre se vé la moderna ciudad de Himeji salpicada de pequeñas colinas  boscosas que parecen islas en un mar de tejados y en el nivel mas bajo, el muro exterior, parece un rompeolas en ese mar de edificios. Nada hay más alto que la torre del castillo casi hasta el horizonte.

Ciudadela de Himeji

Pierdo la noción del tiempo y no la recupero hasta que vuelvo a estar en el bastión exterior viendo como juegan los niños en el césped. Son las tres y media. Tengo hora y media para llegar al camping antes de que se haga de noche. Que pena me da no poder quedarme un poco más.

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