7ª Etapa: La venganza de Kioto.

admin Post in 2008-2009, susonotabi,Tags: , , , ,
1

Jueves, 20 de noviembre

Suena el despertador. Son las siete, me despierto, hace demasiado frío así que a dormir hasta que abran el bar a las nueve. Mi plan era volver a bajar hasta la carretera y coger el bus de vuelta Kioto, pero cruzo el pequeño puente que separa la zona de acampada del bar y me topo con el dueño nos damos los buenos días y se ofrece a  acercarme a Kioto en coche dentro de un rato que tienen que bajar hasta la ciudad también. Mientras espero me acerco a ver un caballo que tienen para dar paseos a los clientes. El animal, ansioso espera su desayuno. Nervioso, huele mi mano en cuanto la alargo e intenta lamerme o morderme. Es más bien pequeño, como un asturcón, pardo, de crin corta, y nariz ancha.

De vuelta en Kioto, recupero mi bici y continúo mi ruta turística donde lo dejé el día anterior. Un bosque en medio de la ciudad me llama la atención. Unas escaleras y luego un sendero entre los árboles asciende por la colina. A los lados capillas en ruinas, pequeñas imágenes de Buda cubiertas de musgo a los pies de los árboles. Y en lo alto de la colina un gigantesco cementerio. Miles de estelas marcan las tumbas y al fondo por encima de las copas de los árboles se puede ver la ciudad extendiéndose hasta el horizonte.

Los alrededores del Templo dorado el un remolino de turistas, autobuses, jubilados, coches. Rodeado de tiendas de recuerdos, comida etc. Una monja joven vestida de blanco y rojo me vende la entrada. Me sorprendió su tamaño tenía la impresión de que sería mucho más pequeño. Parecía de mentira. El reflejo un estanque, el jardín de bonsais, las rocas, las carpas. Pasé bastante tiempo junto a la entrada observándola reacciones que la gente al entrar. A la mayoría le pasaba lo mismo que a mí, le sorprendía al tamaño les parecía de mentira. Seguía recorrido escuchando las explicaciones de un guía y disfruté viendo el templo a través del objetivo de mi cámara.

La salida parecía un festival se vendían todo tipo de cosas, amuletos, camisetas, lápices, velas, un hombre me ofreció en inglés una botella de sake, supongo, con virutas de oro. Será la versión japonesa del cava de oro.

Vuelvo a montar en mi bici y voy hacia el castillo, o eso pienso, por que me acabo de perder. Después de unas cuantas vueltas, por las estrechas calles doy con mi objetivo. Tengo que dejar mi bici en un aparcamiento para bicis y me clavan unos cuantos yenes si no quiero arriesgarme a que me la lleve la policía por dejarla mal aparcada, arriesgandome a que se la lleve la grua. No sería el mayor de los problemas y es que las bicis japonesas tienen una identificación que asegura que es tuya, y claro como me traje mi bici conmigo yo no tengo de eso.

Tras los muros del castillo el palacio, al que sólo se puede acceder descalzo y permanece con las ventanas cerradas para preservar las impresionantes pinturas y tallas. Hay algo mágico en aquellas habitaciones, y las pinturas son tan simples y llenas de detalles al mismo tiempo; me sorprende como crean la sensación de estar en plena naturaleza y como, al igual en un bosque, lo más maravilloso pasa desapercibido si no le prestas atención un rato. Es una pena que no se puedan hacer fotos, de hecho no está permitido ni siquiera pararse a hacer dibujos. El exterior del palacio también es sorprendente, parece cualquier cosa menos un castillo y si no fuese por los muros y los caminos de ronda lo habrían conseguido. Los jardines están hasta tal punto cuidados que parecen un decorado, cada árbol podado el césped recortado a mano con unas diminutas hoces. Todo el exterior del palacio es un jardín inmenso e irreal lleno de pequeños rincones, piedras de formas inverosímiles y gigantescas carpas de colores.

Regreso al Japón contemporáneo, para ir hasta la casa de Yagi san. La noche anterior me había hecho un croquis con las indicaciones para llegar a su casa, y todo fué bien hasta que llegúe a la estación de tren. Ya era de noche yo MBK y mi pequeña linterna nos equivocamos de camino. Termino llamando a Yagi san por teléfono y regresando a la estación de tren. Allí me esperaba en su camioneta llena de cacharros, pilas de revistas, periódicos y cartones. Pero los contenidos de su casa eran mucho mas extravagantes. Nos descalzamos en la entrada y apenas si había espacio entre la enorme cantidad de muebles antiguos, estatuas de todos los tamaños, que se yo lo que habría allí cientos de cosas no, miles de cosas. En una esquina había veinte o treinta cuadros unos junto a los otros, también había alfombras y tapices enrolladas sobre un armario. Mientras cenábamos sentados en el suelo junto a la chimenea llamó a su mujer por teléfono, termino mi cuenco de arroz y me pasa el teléfono para que hable con ella, desempolvo mis mejores modales y charlamos un poco sobre mi viaje. Después de la cena Yagi san me enseña el resto de la casa, y para mi sorpresa, esta casa no deja de sorprenderme, hay una habitación llena de instrumentos musicales, parece un estudio de grabación hay una batería un bajo varias guitarras eléctricas y acústicas dos teclados amplificadores, un saxofón y una trompeta. Mi anfitrión es un gran aficionado a la música aunque me confiesa que no toca bien ningún instrumento.

Hoy ha sido un día lleno de sorpresas, espero que mañana sea por lo menos la mitad de emocionante.

« Prev: :Next »

One Response to “7ª Etapa: La venganza de Kioto.”

Leave a Reply