7ª Etapa: ¿Cómo llegar a Omori y no morir en el intento?

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Martes 18 de noviembre

La ruta es bastante más dura de lo que tenía pensado, primero la comarcal de 311ascenciendo entre los arrozales en terrazas, después la nacional 477 hasta un túnel por el que no puedo pasar en bici, así que tengo que tomar una ruta alternativa. Luego cuesta abajo hasta unas casas siguiendo de nuevo la nacional 477 hasta el fondo del valle, cruzo el arrollo avanzo un poco y me está esperando una fuerte pendiente. Me arrepiento y cambio de planes iré hasta el Camping de Omori. Desciendo por la nacional 367 hasta Ohara. Como algo en un aparcamiento. Es una zona rural, con casas de tejado de teja y algunas, las menos, con tejado de paja. Me acerco a verlo de cerca, pero los perros no se sienten cómodos en mi presencia y montan un buen espectáculo nada más acercarme. Sólo había casas a un lado de la carretera, al otro lado huertas e invernaderos a lo lejos, se veía gente trabajar en los campos y de vez en cuando, el ruido de un camión retumba por el valle, mientras desciende a toda velocidad por la general.

Salgo del pueblo y comienzo el ascenso por la carretera local 40 rumbo a Omori después, por la local 61. Siempre por un valle estrechísimo con bosques de pinos y cedros apelotonándose en las dos laderas. Con cada curva que tomo parece que se estrecha aún más la carretera y al ser carreteras muy poco transitadas apenas había señalización por no tener, no tengo ni a quien preguntar donde estoy. No encuentro ninguna indicación para la local 107 que tendría que llevarme hasta Omori y sin estar muy seguro tomo un camino fiándome de mi instinto. De vez en cuando hay alguna casa, cruzo un pequeño puente, paso junto a un templo, una capilla y a medida que avanzo la carretera parece estar menos transitada. Hasta que deja de estar asfaltada. Si llego hasta a la cumbre puedo hacerme una idea de donde estoy y mientras me pregunto qué hacer, empieza a llover. Como y bebo resignado. Tendré que desandar el camino hasta estar seguro de dónde estoy.

Me dejo bajar y en poco tiempo estoy en Kioto. Puedo decir que estoy un poco menos perdido. Continuo en la misma dirección hasta que un cruce me saca de dudas. Dos carreteras señalan un punto exacto en mi mapa y ya puedo tomar una dirección concreta. Pero ya se esta haciendo tarde y lo que es más serio, los kilómetros empiezan a pasarme factura. Temo que a este ritmo terminaré durmiendo en alguna cuneta, pienso mientras me enfrento a unas rampas a la salida de Kioto, pero una vez pasada la estampida de autobuses de la zona muy turistica de nombre propio de trabalenguas (Umegahatanakajima cho), el terreno es menos desfavorable y empiezo a albergar esperanzas de llegar hasta Omori, por lo menos no demasiado tarde.

Son las cinco de la tarde al me desvío de la nacional hacia “Omori” en “Ononakano cho” flanqueado por unos álamos enormes hay un pequeño templo cubierto de pequeñas hojas amarillas, es una pena que no pueda hacer fotos de este pequeño rincón, pero tengo un poco de prisa. Ya sólo me faltan cinco kilómetros. ¿Qué era eso después de 80? ¡Una eternidad! El camino es bastante llano, aunque pica un poco hacía arriba y se hace de noche por momentos. Después de algo más de cinco kilómetros sobre el tejado de lo que parecía un garaje de chapa, un cartel reza: “camping Omori”. Me quedo de piedra. No puede ser. Me parece estar viviendo en un comic de Mortadelo y Filemón e Ibañez se estaba tronchando.

Es prácticamente de noche, perdida ya toda esperanza, enciendo mi linterna y por inercia continuo empujando mi bici. ¿Algo no me encaja? ¿estoy escuchando música? Pienso mientras recupero la compostura. Es un susurro rítmico demasiado débil para poder asegurarlo. Subo un poco más, veo unas luces y todo encaja. La música proviene de ese lugar. Aquello era lo que buscaba. Un alivio inmenso aligera mi paso. Ya escucho con claridad era música country en lo más profundo de Japón. Resulta irónico.

Dejo mi bici apoyada en una alambrada, paso hasta el mostrador, asegurandome de que puedo pasar calzado y digo algo y claro -¿Hola? ¿hay alguien?- para mi sorpresa, sale un chico no demasiado sorprendido, o por lo menos esa es la impresión que me da.

-¿Tienen duchas?- pregunto mientras relleno mis datos en un papel.
-No, lo siento mucho, aquí solo tenemos ofuro (baño estilo japonés)- me responde disculpándose; pero aquello era música celestial. Me daban ganas de salir corriendo y saltar en la bañera vestido.
-No, no.- respondo. -El ofuro es mucho mejor.- donde va a parar pienso.
-Entonces a partir de las siete ya puede pasar al ofuro- me responde mientras marca con el lápiz en una casilla.

Después de mi ansiado baño intento conversar con el chico que me atendíó nada más llegar. Mientras compartimos un Kaki me desvela los misterios ocultos tras los kakis colgados en ristras bajo los aleros de las casas. Eran kakis pasos, en japonés, hoshikaki. Posiblemente muy valiosos en otros tiempos en que no había manera de comer fruta fresca en pleno invierno. Luego me habló del festival de Gion, durante el cual construyen un carro enorme de más de tres toneladas de madera y todo unido sin usar un solo clavo, sólo cruzando maderos y amarrando los con cuerdas. Para luego llevarlo en procesión por las calles de Kioto. El carro que carece de dirección asique para hacerlo girar por entre las calles, tienen que frenar las ruedas con cañas de bambú, maniobra esta muy aplaudida por el público que viene a contemplar el festival.

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