2ª Etapa: Cruzando la cordillera de Suzuka.

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Martes 11 de Noviembre

Despierto en mitad de la noche. Abro una rendija en la puerta de la tienda y contemplo las estrellas.  No soy consciente de la temperatura, mientras ajusto los cordones del saco de dormir.  Cierro los ojos y cuando los vuelvo a abrir ya me rodea la luz verdosa que filtra mi tienda. El sol baña la cima de la montaña. La escarcha se sublima formando una neblina pálida. Me visto y recojo mis cosas. mientras el bosque se llena de luz y las sombras del valle retroceden.

Al salir a la carretera no era consciente de donde me estaba metiendo, de hecho la señora del camping, ya me había intentado explicar por donde ir hacia el lago Biwako. Pero no entendí casi nada de lo que me decía así que seguí a mi mapa. Pronto me doy cuenta de que por aquella carretera sólo están pasando camiones, y  al llegar a unas obras me parece de lo más natural. Un buen trozo mas arriba los obreros construyen, un túnel por debajo de las montañas para cruzar a la provincia de Shiga. Más adelante una barrera bajada me impide el paso, ¿y ahora que hago? pienso.

Tras unos momentos de duda y un trago de agua, paso andando la barrera para inspeccionar el terreno. Cuarenta metros más allá no  había carretera. La calzada se había precipitado hasta el río por un barranco. Sólo quedaba un trecho de por lo menos 15m, el arcén… y es que estaba asentado sobre roca firme que si no también se hubiese ido con lo demás. Obviamente aquello me parecía motivo más que suficiente para cortar la carretera, así que cruzo la barrera con mi bici y paso con cuidado el tramo derrumbado.

La pendiente de la carretera va en aumento, pero no me importa. El paisaje lo merece. Avanzo muy despacio. Empujo mi bici entre los bosques. Crece musgo en las zonas húmedas y frías.  Hay hojas y piedrecillas por todos lados. La carretera está completamente abandonada. Sigo subiendo mirando continuamente el reloj y hago cálculos aproximados de cuanto me quedará hasta la cima.  Cada vez me encuentro piedras mas grandes y la carretera cubierta de grava. De vez en cuando pequeños desprendimientos, que tengo que pasar con mucho cuidado por encima de los escombros. Entonces otro gran desprendimiento. La Mitad de la carretera se había ido al fondo de un barranco y el resto estaba bajo un montón de escombros. Enormes bloques de granito, mezclados con árboles medio enterrados.

La montaña de escombro era demasiado alta para pasar la bici empujándola, y el terreno demasiado inestable como para caminar con el calzado que tenía puesto. Tengo dos opciones: dar la vuelta o tratar de cruzar al otro lado y coronar el puerto. Me cambio de calzado,  me pongo unas botas, inspecciono el montón de escombros y encuentro una cuerda atada a un árbol que me puede ser útil. Ya había visto otras cuerdas y escaleras en otros desprendimientos, y parecían estar allí a propósito para ayudar a salir a alguien en caso de que se cayese.  Subo un buen tramo de la cuerda para poder ir agarrado a ella mientras cruzo con la bici al hombro, y con mucho esfuerzo consigo pasar al otro lado.

Mientras lanzo otra vez la cuerda hasta el fondo del barranco, pienso en que puede que me encuentre con algo que me impida continuar definitivamente y entonces todo el esfuerzo habría sido inútil.
Pero ahora no me podía rendir, de hecho estaba disfrutando con las dificultades y si no fuese por que ya no me quedaba agua ni comida, no me habría preocupado ni lo mas mínimo por los contratiempos. Continué mas o menos sin complicaciones hasta la cima aunque la carretera me tenía preparada otra sorpresa más.

Aproximadamente a un Kilómetro de la cima, en medio de la nada dos cubos de hormigón de metro y medio de lado limitan el ancho de la carretera a tan solo dos metros y entre  árboles la carretera asciende zigzagueando con una pendiente muy fuerte, más de un 20%. El piso, de hormigón rallado, no facilita nada el avance. Durante una de las múltiples pausas que hago cada 100m para descansar, veo, en lo que intuyo como el final del puerto un coche rojo asomando el morro mientras da la vuelta. Aquello eran muy buenas noticias, y la confirmación que necesitaba, una vez llegase a la cima el camino estaría libre.

Pasaba de las once cuando llegué a la cima. El ruido de los motores de un avión en descenso hacia el aeropuerto de Nagoya, quiebra el silencio. Habían tardado casi 3 horas, y recorrido algo menos de 5km. Pero atrás quedaban los caudalosos ríos de Nagoya, la bahía de Shi y cientos de cerros cubiertos de esbeltos cedros. Por fin puedo contemplar lo que se esconde al otro lado de las montañas, puedo sentir el viento húmedo que asciende por el valle desde el lago Biwako. Me parece como si pudiese tocar la cima de las montañas que se alzan sólo unos cientos de metros sobre mi.

Mientras hago fotos, veo el mundo a través de la lente de la cámara. Imagino que soy el único habitante en aquellas islas. Un explorador contemplando las ruinas de una civilización desaparecida no hace mucho. Pero no es tiempo de fantasear, tenía que descender, encontrar comida y agua. Poco a poco recupero fuerzas dejándome bajar mientras el aire me lava la cara. Gracias a mi montura silenciosa sorprendo a un macaco, que asustado corre a esconderse entre los árboles. Pero la tranquilidad se ve alterada por problemas técnicos. Un bache de la carretera, que vuelve a estar en obras parte y dobla el soporte del manillar de mi bolsa delantera, obligándome a hacer reparaciones de emergencia con otro pulpo y a pasar cosas a las alforjas. Disfruto del terreno favorable hago fotos y contemplo boquiabierto el espectacular colorido de los arces, castaños, cerezos… recibo ánimos de una pareja que se acercó a ver los bosques y se encontró con mi triste figura.

Faltaba poco para que se hiciese de noche cuando atormentado por el ruido de la autopista cruzo las puertas del parque. El guarda, con los ojos como platos sale de su caseta hacia mi encuentro. Estoy vacío de fuerzas y las malas noticias que me trasmite ese hombre, tal vez se reflejen en mi cara. Sin perder en ningún momento la expresión de asombro, me indica el camino hasta un albergue cercano.

Desciendo aquella colina, se hace completamente de noche. Al otro lado del parque, cuatro kilómetros después la oscuridad es casi completa, sólo las extravagantes luces de colores de una maquina de refrescos y el destello anaranjado de la ciudad en el cielo. Me muevo en un estrecho y oscilante rayo de luz en un equilibrio precario, cuando como un faro al borde de un acantilado, las luces de un coche estiran mi sombra casi hasta el horizonte, para poco después hacerse cada vez mas corta, y la luz de mi linterna desaparecía en medio de aquella inundación. El conductor no continuó su camino, las luces de freno enrojecían mi cara cuando se abrió la puerta. Un hombre bajó del coche, atraído supongo por los recuerdos de su vuelta al mundo en bicicleta, y recordándome que a mi viaje aun le quedaba mucho. Con los sentimientos de superación personal, entumecidos por el cansancio físico, llego al albergue. En una bañera gigante sumergido en varios miles de litros de agua caliente ahogo mis sudores, después devoro mi cena y dejo la mente en blanco antes de dormir.

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